
Fue a mediados de los años 80 del siglo pasado, cuando Fidel comenzó a hablar, mientras en Cuba se multiplicaban las facultades de Medicina y crecía el número de estudiantes de especialidades relacionadas con la Salud, entre las dudas de no pocos escépticos y las burlas de sus enemigos, de que el país sería una potencia médica mundial.
Que la respuesta de Cuba a la COVID-19 está muy por encima de la mayoría de los países de su entorno, incluyendo Estados Unidos y también varios europeos, es una realidad que se va abriendo paso. Un sistema de Salud basado en la prevención, con presencia en todas las manzanas de consultorios médicos, estructurado desde las comunidades por policlínicos docentes en cada poblado o barrio, hospitales generales y especializados en todas las capitales de provincia y algunas de las ciudades más importantes, al igual que facultades de Medicina, junto a centros de avanzada para la investigación biomédica, ha permitido un pesquisaje activo y constante en busca de enfermos asintomáticos, así como su aislamiento y tratamiento temprano con protocolos y medicamentos nacionales, además de la creación de una tecnología propia para realizar pruebas capaces de detectar pacientes portadores del virus, con un mínimo gasto de reactivos en laboratorios preexistentes en todos los municipios del país.
¿Y después de la pandemia qué?
Todo eso está muy bien, diría un observador, sin duda Cuba va resolver antes que otros la crisis sanitaria, pero qué va a pasar después, cuando al impacto de las recrudecidas sanciones estadounidenses que ya venía golpeando la economía cubana, se haya sumado la crisis económica global, que la pandemia ha profundizado con su impacto negativo en actividades como el turismo, que tienen un peso importantísimo en los ingresos en divisas de la nación. El daño económico de esta situación es un enorme desafío para todos los países y lo es mucho más para el que sufre el bloqueo económico más prolongado de la historia.