
Fidel era un huracán de ideas. No dejaba un minuto de analizar, escudriñar, proponer, preguntar, contrapuntear. De cada idea le nacían ideas nuevas; de cada problema, variantes de soluciones.
Era capaz de pensar lo infinito y de indagar por el más sencillo detalle. ¿Por dónde sale el sol en el lugar del acto? ¿En qué orden se reparten las golosinas en el cumpleaños colectivo de los niños de Cárdenas? Y es que su pensamiento viajaba más allá que el de todos, para soñarnos una potencia médica y un gran polo científico biotecnológico; pero era capaz de aterrizar para que no quedara cabo suelto alguno. “Es que por un detalle perdimos el Moncada”-decía. “Si hubiéramos sabido de la hora en que pasaba aquella guardia cosaca el factor sorpresa no se hubiera perdido y habríamos tomado el cuartel”
Su espíritu era eternamente joven y rebelde. Nunca envejecieron sus ideas. Quizá por eso siempre se rodeó de jóvenes, les dio alas, lecciones, caminos. Quizá por eso guardó siempre especial afecto a Artemisa y a aquella pléyade de jóvenes que lo acompañó al sacrificio por la Patria.